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96 MAGDALENA DE PAZZIS PI CORRALES hacía décadas. Es más, ni siquiera llegaron a modificarse los planteamientos vigentes a pesar de que Castilla estaba exhausta al haber asumido la mayor parte de los costos de la acción exterior, tanto en hombres como en dinero. Pese a ello, y a la escasez de caballos, se abordó una vez más la reforma de las guardas, como si de alguna manera se quisiera considerar su prestigio, y se hizo recurriendo al procedimiento habitual consistente en la publicación de una nueva ordenanza, la del 3 de enero de 1628, cuyo contenido fue de 33 pliegos y 86 artículos. No pasaron del papel. Es la última que nos hemos encontrado relativa a este cuerpo y cuyas semejanzas con las anteriores son múltiples hasta el punto de que podemos considerar que es una copia de las precedentes; si hay diferencias se debe tan solo a recursos narrativos que a cuestiones de fondo. A partir de 1628 la atención prestada a las guardas decayó hasta tal punto que no volvieron a aparecer en ningún texto. Es cierto que en la documentación militar se dictaron medidas que les iban a afectar, pero no en tanto que tropa especial sino como fuerzas pertenecientes a un arma determinada, la caballería, por lo que les atañía lo que se dispuso sobre ella. Así, desbordada por los acontecimientos militares y falta de recursos suficientes, la Monarquía se fue desentendiendo progresivamente de las guardas, buscando solución a sus necesidades bélicas no en las reformas y puesta a punto de este cuerpo, sino en el recurso de levantamiento de tercios, batallones y regimientos de organización y eficacia dudosa, como lo demuestra la de veces que se buscó esta solución y lo efímero de sus realizaciones y resultados. En la década de 1690 las guardas se diluyeron y su epitafio llegaría enseguida. Dejaron de contar en las previsiones gubernamentales como si la ordenanza de 1628 fueran el último intento por renovar una tropa, que al final se dejó de lado, bien por falta de presupuesto, bien por su escasa utilización y utilidad, bien por incapacidad de alterar una situación tradicional sin tener claro hacia donde reconducirla. Porque en el fondo de todo cuanto hemos visto yacía una realidad incuestionable: el desarrollo de la guerra discurrió desde comienzos de la Edad Moderna por unos derroteros cada vez menos apropiados a la supervivencia de tropas con resabios o regustos medievales o caballerescos; por otro lado, el que la mayoría de las guerras se realizaran fuera de las fronteras y las penurias económicas de la hacienda real hicieron el resto en la determinación de su destino. El ocaso de las guardas tuvo lugar oficialmente en 1703 sin que existiera una cédula de extinción, aunque sí hay constancia de su desaparición a través de un informe fechado el 23 de abril de ese año y otros documentos existentes en el archivo de la secretaria del consejo de guerra que se presentaron a Felipe V cuando éste estaba procediendo a la reforma del aparato Revista de Historia Militar, I extraordinario de 2017, pp. 96-100. ISSN: 0482-5748


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