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Revista Historia Militar Extra 1 2018

LOS LEGADOS PONTIFICIOS Y LA GUERRA EN LA PENÍNSULA… 229 hipótesis alternativa en relación con el último de los concilios legatinos presididos por Diego Gelmírez de Compostela en 1125. El cardenal Boso, que quizás presidió el concilio de Toulouse de 1118 pero que, en todo caso, tomó parte activa en la empresa reconquistadora de Zaragoza, bien pudo haber asesorado también a Calixto II en su decisión de enviar a Olegario de Tarragona como “legado de cruzada”, pues el cardenal no sólo tenía conocimiento de primera mano sobre la situación políticoeclesiástica hispana, sino que conocía bien al propio Olegario, con quien había compartido su segundo viaje a España. En cuanto al desarrollo de la legación de San Olegario, se sabe que había vuelto de Roma en septiembre de 1123 y que participó como legado pontificio en la expedición del conde Ramón Berenguer III a Tortosa y Lérida. Su misión legatina debió de concluir hacia el mes de julio de 1124113. Según la Vita Olegarii, después peregrinó al Reino de Jerusalén, retornando a Barcelona en 1125; sus actuaciones a partir de entonces se centraron en la ordenación del cabildo barcelonés y en la restauración de Tarragona. Así pues, la legación pro bello sacro de Olegario se extendió aproximadamente entre septiembre de 1123 y mediados de 1124. La identificación de Reconquista y Cruzada fue permanente desde entonces114, y la preocupación y participación de Roma en la Reconquista fue 113  Archivo Episcopal de Tarragona, Lib. I, fol. 37 y Lib. VII, fol. 240, en FLÓREZ, ES, XXIX, pp. 264-265; GONZALVO I BOU, G., Sant Oleguer..., pp. 27-28. Sólo la Vita Olegarii de Renallo menciona su participación en estas campañas militares. 114  La ingente historiografía en torno al fenómeno cruzadístico coincide en identificar como “cruzada” propiamente dicha a la lucha de Reconquista, al menos a partir de la Reforma Gregoriana. Los documentos de las legaciones pontificias del cardenal Boso, del arzobispo Olegario y del arzobispo Diego Gelmírez no ofrecen duda al respecto. El consenso, sin embargo, no alcanza a la lucha contra el Islam en la España anterior al s. XI, que en ocasiones podría llegar a identificarse con una “guerra sacralizada”, pero que no cumple con los requisitos propios de la cruzada. Sobre estas distinciones, Vid. AYALA MARTÍNEZ, C., “Definición de cruzada…”; GOÑI GAZTAMBIDE, J., Historia de la Bula…, muestra con numerosos argumentos el carácter de guerra religiosa de la reconquista desde sus primeros compases (cap. II, pp. 14-42) y los límites en la consideración de la cruzada (cap. III, pp. 43-62); RODRÍGUEZ DE LA PEÑA, Manuel Alejandro, “La cruzada como discurso político en la cronística alfonsí”, Alcanate: Revista de estudios Alfonsíes, Núm. 2 (2000-2001), pp. 23-41, analiza la escasa presencia del ideal cruzadista en la cronística del s. XII, frente a la abundancia de referencias en las cancillerías regias desde Alfonso VII; FERNÁNDEZ CONDE, F. J., La religiosidad medieval en España..., Vol. II, pp. 85-107, con un repaso de las posiciones historiográficas más recientes al respecto; BRONISCH, Alexander Pierre, Reconquista y guerra santa. La concepción de la guerra en la España cristiana desde los visigodos hasta comienzos del siglo XII, Granada, Univ. de Granada, 2006 (1998). Una de las interpretaciones con más éxito historiográfico en las últimas décadas es la de J. Flori, quien considera que la cruzada propiamente dicha empezó en 1095 porque fue entonces cuando Urbano II unió conceptualmente dos elementos preexistentes: la peregrinación y la guerra sacralizada. FLORI, Jean, La guerra santa. La formación de la idea de cruzada en el Occidente cristiano, Granada, Trotta, 2003. Una primera condición sine qua non para desembocar en la cruzada fue el proceso mismo Revista de Historia Militar, I extraordinario de 2018, pp. 229-268. ISSN: 0482-5748


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