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Revista Historia Militar Extra 1 2018

258 FERNANDO RODAMILANS RAMOS entre los reinos, además de una considerable devastación. Al ataque inicial de leoneses y almohades en tierras de Castilla siguió la respuesta de Alfonso VIII, aliado con portugueses y aragoneses, que invadieron León. A juzgar por sus actuaciones, no parece que la bula pontificia de condena surtiera efecto en el rey de León, quien, por una parte, continuó desarrollando su vida religiosa, junto con toda la Iglesia de su reino, como si no se hubiesen pronunciado desde Roma la excomunión y el entredicho; por otra parte, tras el parón invernal reanudó las hostilidades en la primavera de 1197. Durante esta segunda campaña Sancho I de Portugal intervino activamente contra Alfonso de León, alentado por el rey castellano y, sin duda también, por la legitimidad que le dio una bula de Celestino III (10 de abril de 1197) en la que, en la misma línea que la del año anterior, indulgenciaba el combate contra el reino de León, aunque añadiendo una cláusula que debió de ser especialmente importante para el portugués: que todas las propiedades que tomase en el reino de León pasarían a dominio de Portugal de pleno derecho y a perpetuidad220. La bula había sido concedida a petición del rey portugués. Sancho I daba ya por sentada la conmutación del voto de cruzada a quienes luchasen contra el Islam en la Península Ibérica, y lo que pide es equiparar este combate con la lucha contra el colaboracionista rey leonés. Así pues, de la justificación y promoción de la cruzada jerosolimitana se había pasado –ya hace tiempo– a la conmutación con la cruzada hispana, pero Celestino III estaba dando un gran salto al promover la cruzada contra un rey cristiano. Ciertamente, Alfonso IX había ayudado a los sarracenos en contra de sus hermanos de fe, y había sido excomulgado por ello; también es cierto que los documentos que promulgaban la cruzada señalaban que las acciones contra el leonés sólo estarían amparadas por las bulas papales mientras el rey persistiese en su error. A pesar de estos matices, a pesar incluso de que la cruzada como tal no llegara a materializarse en el campo de batalla, el precedente había quedado sentado. Inocencio III recogería este particular testigo cuando promulgó en 1209 la llamada cruzada albigense, cuyo objetivo declarado ya no tenía relación directa con el Islam, sino con la heterodoxia provenzal y con la actitud política y doctrinal al respecto de los nobles occitanos221. Al mismo tiempo que el Papa Celestino escribía las anteriores bulas, la actividad cruzadística oriental había sufrido un vuelco muy poco propicio para la Sede Apostólica. El emperador Enrique VI (1191-1197), en la cum- 220  ERDMANN, C., Papsturkunden..., Doc. 154, pp. 376-377; SMITH, D. J., “The Iberian Legations...”, pp. 106-107 y Doc. 2, pp. 110-111 (con traducción al inglés). 221  Vid. ALVIRA CABRER, Martín, “La Cruzada contra los Albigenses: historia, historiografía y memoria”, Clío y Crimen, Núm. 6 (2009), pp. 110-141. Revista de Historia Militar, I extraordinario de 2018, pp. 258-268. ISSN: 0482-5748


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