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Revista Historia Militar Extra 1 2018

282 IVÁN CURTO ADRADOS Aunque la amenaza escandinava jamás fue equiparable a la andalusí, la Iglesia noroccidental hispánica se vio especialmente afectada por las arribadas normandas. La apertura de una nueva frontera –la marítima– por la se manifestaban insólitas iniquidades fue fácilmente interpretable a través del legado intelectual visigótico como una sanción divina, pues ya San Isidoro (muerto en 636) en sus Sentencias había señalado que todo lo malo que acontecía al género humano respondía a un castigo por el pecado48. En cuanto a la resistencia beligerante de los cristianos ante la agresión pagana, ésta estaba legitimada –en el caso de los laicos– desde la perspectiva isidoriana al tratarse de un caso claro de “guerra justa” encaminada rechazar una agresión enemiga49. Sin embargo, atendiendo a la tradición canónica, la participación militar del clero quedaba en todo caso prohibida50. Siglos antes, el Concilio de Lérida de 546 ya había establecido que: “Los que sirven al altar y distribuyen la sangre de Cristo, y tocan los vasos consagrados al oficio divino, no se manchen con la sangre humana, aunque sea enemiga, y si incurrieran en esta mancha sean privados durante dos años, tanto de su oficio como de la comunión, de modo que durante estos dos años se consagren a la expiación, con vigilias, ayunos y limosnas, según las fuerzas que el Señor les diere. Y así finalmente sean repuestos en el oficio y admitidos a la comunión, bajo la condición de que no sean promovidos posteriormente a un grado más alto”51. Igualmente, tomar las armas por parte de los eclesiásticos, sobre todo si era por razones injustas, fue vetado de manera expresa en el Concilio de Toledo IV (633), donde se especificó que: “los clérigos que, en algún motín, voluntariamente tomaron o tomaren las armas, una vez descubiertos, serán encerrados en un monasterio para hacer penitencia”52. Y, aunque el conflicto fuera calificado de justo, conducido por el rey y apoyado por la Iglesia, jamás se toleró que los clérigos guerrearan, debiendo limitarse a la celebración de misas como especificó el Concilio de Mérida de 666: “… que todos los días que dure la campaña, según regla conveniente, se ofrezca el 48  San Isidoro de Sevilla, Sententiae, libro I, cap. IX. 49  San Isidoro de Sevilla, Etymologiae, libro XVIII, cap. I. 50  Hasta 1140 Graciano no resolverá la discordancia entre los cánones y la realidad de las obligaciones militares de ciertos obispos. Arranz Guzmán, Ana: “Lorigas y Báculos: la intervención militar del episcopado castellano en las batallas de Alfonso XI”, en Revista de Historia Militar, nº 112, 2012, pag. 13. 51  Canon I. Para la transcripción latina y la traducción de las actas conciliares visigóticas ver: Vives, José: Concilios visigóticos e hispano-romanos, CSIC, Barcelona-Madrid, 1963, pag. 55. 52  Canon XLV. Ibídem, pag. 207. Revista de Historia Militar, I extraordinario de 2018, pp. 282-300. ISSN: 0482-5748


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