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Revista Historia Militar Extra 1 2018

46 ANA ARRANZ GUZMÁN La ayuda económica solicitada en tantas ocasiones al Pontificado por parte de los monarcas castellanos, traducida en la concesión de las tercias reales o de la décima de cruzada, para emprender o continuar la guerra contra los musulmanes, tenía en esta antigua declaración pontificia uno de sus mayores argumentos. El segundo concepto es el de “vicario de Dios” o “lugarteniente de Dios”. Una imagen que representa la más notable expresión del origen divino de la realeza. De acuerdo con él, el monarca debía seguir un comportamiento de imitación al Señor, convirtiéndose al mismo tiempo en ejemplo e instrumento divino para acometer toda empresa agradable a Dios: “Vicarios de Dios son los reyes cada uno en su reyno, puestos sobre las gentes para mantenerlas en justicia e en verdad en lo temporal…E los santos dixeron que el rey es puesto en la tierra en logar de Dios, para cumplir la justicia, e dar a cada uno su derecho. E porende lo llamaron coraçón e alma del pueblo…E naturalmente dixeron los sabios que el rey es cabeça del reyno, ca asi como de la cabeça nascen los sentidos, porque se mandan todos los miembros del cuerpo, bien así por el mandamiento que nasce del rey, que es señor e cabeça de todos los del reyno, se deven mandar e guiar, e aver un acuerdo con él para obedescer e amparar, e guardar e acrescentar el reyno. Onde él es el alma e cabeça e ellos miembros”60. La idea de vicariato regio encierra ciertos problemas conceptuales, ¿indicaba un poder ilimitado en manos del monarca? O, por el contrario, al ser el rey el representante divino ¿estaba obligado a seguir unas pautas de conducta acordes con las enseñanzas bíblicas? Al margen de las posibles valoraciones que puedan hacerse sobre dicho concepto, lo importante es que, en relación con la guerra, el monarca se muestra en la II Partida como cabeza y guía del pueblo, teniendo sus naturales que obedecer sus decisiones y, más aún, cuando el propósito consiste en “acrescentar el reyno” recuperando tierras para la fe de Cristo o, sencillamente, proteger al monarca y al reino de sus enemigos. De aquí que varias de las leyes del título XIX estén dedicadas a “Qual debe ser el pueblo en guardar el Rey de sus enemigos”: “…E porende los Españoles catando su lealtad, e queriéndose guardar desta verguença, tovieron por bien e quisieron que todos fuesen muy acuciosos, en guarda de su Rey. Ca enguardando a él guardarán así 60  Partidas, II, I, V. Revista de Historia Militar, I extraordinario de 2018, pp. 46-76. ISSN: 0482-5748


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