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Revista Historia Militar Extra 1 2018

EL ASCENDIENTE ECLESIÁSTICO EN EL LENGUAJE BÉLICO… 57 y corruptelas que se habían ido generando a lo largo de su minoría entre diferentes oficiales; o pensar en el “bien común”, tan deteriorado en los años anteriores. De ahí que se dispusiera que sus oficiales y consejeros “sepan temer a Dios e a mi e que guarden la mi fazienda, e que guarden el mi pro e de la mi tierra” para que no acabaran siendo, como hasta entonces, “desamados delos mios naturales”80. Es difícil precisar hasta qué punto el entonces obispo de Oviedo participó en la redacción del texto, pero todo parece indicar que, al menos, estuvo presente durante las deliberaciones de los aspectos tratados. Se trata de don Juan del Campo, titular con anterioridad de la diócesis conquense, y desde 1332 de la de León, uno de los hombres de confianza del monarca y, como tal, consejero imprescindible. Y lo mismo hay que decir respecto a don Pedro, obispo de Cartagena. Los valores éticos que envuelven muchas de las disposiciones, así como ciertas referencias al Papa, el abadengo o la excomunión y, sobre todo, el hecho de que los nombres de ambos prelados aparezcan en el discurso inicial del monarca son suficientes indicios para considerar su asesoramiento en su configuración. En 1329 el rey reunía las Cortes en Madrid con dos únicos propósitos: sancionar el Ordenamiento de Medina y “poner rrecabdo en esta guerra que yo agora fago alos moros”. A Alfonso XI le apremiaba conseguir “grandes quantías de maravedís” para pagar las mesnadas y armar la flota. A partir de esta fecha se abría un nuevo periodo de fortalecimiento y de éxitos bélicos de la monarquía castellana que, además, iba a estar especialmente respaldada por el episcopado, incluso, en el campo de batalla empuñando las armas81. No obstante, la nobleza, siempre levantisca, no dejaba de crear problemas al monarca, obstaculizando con sus luchas internas su deseo primordial de hacer la guerra a los musulmanes. Por ello, años después, en las Cortes burgalesas de 1338 no dudó en denunciar cómo por “las enemistades que eran entre los fijos dalgo de la nuestra tierra acaesçian muchas muertes dellos e de sus conpannas e otrosí de los sus peones e labradores…”. Y por todas estas malfetrías se ocasionaba “gran deservicio a Dios e a nos e gran danno a la nuestra tierra”. Por otro lado, el monarca se dolía de que miembros de la nobleza murieran en tales contiendas o siguieran dedicando sus esfuerzos a pelear entre sí más que a continuar apoyándole en la guerra contra los “moros”, en la que habían participado con anterioridad: 80  La transcripción y análisis de las 79 disposiciones que integran el Ordenamiento en Arranz Guzmán, Ana: “El Ordenamiento de Medina del Campo de 1328”, en Espacio, Tiempo y Forma, 28, 2015, pp. 41-85. 81  Un recorrido por las sucesivas batallas de Alfonso XI y la participación armada del episcopado en las mismas en Arranz Guzmán, Ana: “Lorigas y báculos. La intervención militar del episcopado castellano en las batallas de Alfonso XI”, en Revista de Historia Militar, 112, 2012, Revista de Historia Militar, I extraordinario de 2018, pp. 57-76. ISSN: 0482-5748 pp. 11-63.


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