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Revista Historia Militar Extra 1 2018

66 ANA ARRANZ GUZMÁN del duque de Lancaster y de su esposa doña Constanza, en cambio, presenta unas características bastante distintas respecto al duelo generalizado y al sentimiento de culpa que, según se ha podido observar, se desgranaron por el discurso regio pronunciado ante los procuradores en 1385 con motivo de la guerra con Portugal. La firma del tratado de Windsor entre Portugal e Inglaterra (1386) había propiciado la expedición a la Península del duque de Lancaster, Juan de Gante, para hacer valer su matrimonio con la hija de Pedro I, doña Constanza, y reclamar el trono de Castilla. El duque se intituló rey y desembarcó en La Coruña con el apoyo de dieciocho naos y ocho galeras portuguesas. Pero las pretensiones del inglés tendrían su respuesta en las citadas Cortes segovianas. El discurso de Juan I comenzó manifestando su deseo de que todos se prestaran a “servir e ayudar anos e a vos otros mesmos a defender este rregno que Dios nos quiso dar, e de que nos e todos vosotros somos naturales”. En sus palabras, sin embargo, ya no se encuentra asomo de culpa o remordimiento como en el del caso portugués, sino una decidida voluntad de hacer valer su derecho al trono y de proporcionar una imagen, significativamente negra, sobre los ingleses, mostrándolos como auténticos infieles, contrarios a la ley de Dios, asesinos de mártires y creadores de cismas en el seno de la Iglesia. La derrota de Aljubarrota no había puesto fin a la a la asfixiante presión fiscal soportada por los ciudadanos; muy al contrario, desde 1385 hasta las Cortes de Briviesca de 1387, Juan I siguió solicitando medios con los que financiar el pago de las deudas contraídas por el enfrentamiento bélico con Portugal, a los que se unieron también los gastos ocasionados por las pretensiones del duque de Lancaster. Había que hacer frente a los préstamos recibidos de los reyes de Francia y de Navarra, al pago de las tropas de mercenarios y, en general, a “la grand costa que este anno fizimos en la guerra que aviamos con el duque de Alancastre nuestro adversario e con el traidor Maestre Davis”103. Las Cortes de 1387 otorgaron al monarca la alcabala, seis monedas y quinientos cuarenta mil francos de oro. Pero, hasta el mismo momento de la concesión, el monarca castellano no dejó de esgrimir todo tipo de razones para obtener el respaldo de la opinión pública representada en los procuradores de las ciudades. Y es en este contexto en el que ha de entenderse el mencionado razonamiento presentado en las Cortes segovianas de 1386. Hasta el reinado de Juan I, la solicitud de servicios extraordinarios siempre se había justificado ante las Cortes con los gastos ocasionados por la “Guerra Santa” librada contra granadinos y norteafricanos. Ahora, el ene- 103  Cortes, II, p. 399. Revista de Historia Militar, I extraordinario de 2018, pp. 66-76. ISSN: 0482-5748


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