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Revista Historia Militar Extra 1 2018

68 ANA ARRANZ GUZMÁN hija doña Catalina. Asimismo, lo es que, desde el punto de vista económico, los enfrentamientos con Portugal e Inglaterra conllevaron una presión fiscal tan acusada, y un empobrecimiento de Castilla tan grande que acabaron por desembocar en los graves disturbios acaecidos durante la minoridad de Enrique III, también reflejados en las actas de Cortes de su reinado. Pero para el presente análisis, lo realmente reseñable es que dichos enfrentamientos generaron los discursos políticos más elaborados que hasta el momento un rey de Castilla había pronunciado ante las Cortes. Unos discursos que, como se ha podido comprobar, fueron adornados profusamente con imágenes y principios religiosos hasta entonces nunca utilizados, lo que lleva a plantearnos hasta qué punto existió o no una responsabilidad eclesiástica en su redacción. En todas las Cortes celebradas a lo largo del periodo analizado, tanto en las de carácter general como en los ayuntamientos parciales, hubo una representación del estamento clerical determinada y, de manera especial, en aquellas en las que el monarca de turno solicitaba servicios extraordinarios para sufragar la guerra o hacer frente a los gastos ya ocasionados, primero, por la Guerra del Estrecho contra granadinos y norteafricanos y, después, por la de Portugal. Pero lo cierto es que, salvo en casos excepcionales, como los antes citados de los obispos don Juan de Oviedo y don Pedro de Cartagena, partícipes en la elaboración del Ordenamiento de Medina de 1328, llevado ante las Cortes madrileñas del año siguiente, o el del arzobispo de Toledo don Gil de Albornoz, gran estratega, fiel consejero de Alfonso XI, y seguro colaborador en la redacción del Ordenamiento de Alcalá de 1348, nada nos permite conocer con exactitud qué grado de participación directa pudieron tener en la elaboración de los discursos reales. No obstante, los indicios con los que contamos parecen indicar que, al menos, hasta el reinado de Alfonso XI fue bastante limitada. Entre los reinados de Alfonso el Sabio y Alfonso XI, durante la Guerra del Estrecho, lo que se estaba librando era la continuación del multisecular enfrentamiento contra los musulmanes, “enemigos de la fe católica”, y lo que únicamente se precisaba con urgencia era la votación de servicios extraordinarios para mantener su financiación. La continuación de la Guerra Santa peninsular no necesitaba de mayores argumentos; ya habían sido todos esgrimidos en diferentes tratados políticos y obras literarias y, por supuesto, desde el Pontificado. Bastaba con salpicar el discurso con algunas frases de carácter religioso e histórico acuñadas en el pasado. Por ello, en ese contexto, los monarcas consideraron imprescindible, no tanto la creación de discursos alambicados repletos de imágenes y de recordatorios religiosos para ser pronunciados ante las Cortes, como la propia presencia de obispos con el Revista de Historia Militar, I extraordinario de 2018, pp. 68-76. ISSN: 0482-5748


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