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! ¡A cubierta 52 BIP Llegó el maldito acné. Empezó a salirme pelo por donde antes no tenía y, por entonces, aún no sabía ni mirarme la talla de los calzoncillos. No era más que un niño y mis padres se encargaban de repetírmelo una y otra vez. Pero a esas alturas yo ya lo tenía claro: quería ser Infante de Marina. Sí, sí, mamá, de esos que se pintan la cara y pegan tiros. Ingresé en las Fuerzas Armadas justo después de soplar las velas por mi dieciocho cumpleaños y, casi sin darme cuenta, me encontré en la escuela con una mochila colgada a la espalda intentando olvidar las horas que llevaba andando bajo la lluvia. Sexto ciclo de 2008. Madre mía. Nunca olvidaré la primera vez que me puse el uniforme. El curso de aspirante a soldado se convirtió en ese tipo de experiencias que se quedan grabadas en la memoria como la marca de un hierro incandescente. Una de esas historias que cuentan los abuelos con los ojos brillosos mientras los nietos centran su atención en el teléfono móvil. Ese mismo año llegué destinado al Tercio del Sur con cara de susto. Con esa mirada resbaladiza que suele caracterizar al que llega a un trabajo totalmente nuevo. Seguía teniendo dieciocho años, aunque en la instrucción ya había aprendido a mirarme la talla de los calzoncillos. No tenía del todo claro por dónde me iban a venir los palos. La escuela se había acabado y ahora comenzaba el trabajo de verdad. Siempre se ha dicho que la milicia solo está reservada para las mujeres y los hombres fuertes, y yo quería convertirme en uno de ellos. Respiré hondo, le eché valor y me presenté voluntario a los Equipos Operativos de Seguridad (EOS). Allí no solo me formé como militar profesional, si no que, durante los cuatro años que fui integrante del PS1-N, estuve desplegado en varias misiones en el extranjero. Malta, Turquía, Grecia, Italia. Cuando apenas tenía veinte años ya había visto lugares que nunca había soñado visitar. El corazón se me ensanchaba, como preparándose para lo que iba a venir a continuación. Durante una Operación SNMG-2, por el mar Mediterráneo, salvamos la vida a más de treinta personas que navegaban en pateras. Una de ellas había volcado y los migrantes luchaban contra las olas en un último intento de supervivencia. Fue entonces cuando me enamoré de verdad de mi trabajo. Había formado parte de la fabulosa labor humanitaria de la Armada. Había salvado vidas humanas. Estaba verdaderamente orgulloso de llevar la bandera de España cosida en el brazo. De ser Infante de Marina. Sí. Estoy hablando de ese tipo de sentimientos que «Nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza» (Miguel de Cervantes)


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