Page 102

Memorial_artilleria_175_1

MEMORIAL ARTILLERíA, nº 175/1-Junio de 2019 y hay bastantes que son más grandes y saben más que nosotros. Debemos aprender de estas últimas y ser amigos de todas. Pero cuando alguna pretende entrar en nuestro territorio para quitarnos algo ó para mandarnos, entonces ya no somos chicos ni grandes, amigos ni enemigos; entonces ya no somos más que españoles, y entonces, cuando peligra la Patria, todos los españoles, hasta las mujeres y vosotros: los niños, somos Ejército. Un ejemplo glorioso de que así sucede es la defensa del Parque de Monteleón, por cuya puerta, que conservamos como santa reliquia, pasáis ahora bajo la bandera de la Patria. Tal día como hoy, hace de esto cien años justos, Madrid estaba lleno de franceses, que, aunque vinieron diciendo que eran nuestros amigos, pronto comprendimos que nos enga-ñaban, por la manera que tenían de tratarnos. Empezaron á mandar como si fuéramos nosotros criados suyos, y concluyeron por in-sultarnos y atropellarnos. El pueblo de Madrid no pudo sufrirlos con paciencia, y al ama-necer aquel día se levantó desesperado, gritando con la fuerza de todas sus voces juntas: ¡Mueran los franceses! Y á este grito de guerra, hombres, mujeres y niños se echaron sobre ellos, furiosos, hiriéndolos, por no tener otras armas mejores, con palos, con piedras, con los brazos y hasta con las uñas; no importaba que los caballos les pisasen, los sables les hiriesen, los cañones los barrieran y las lanzas les atravesaran de parte á parte; era necesario morir matando. El rumor de lo que pasaba llegó hasta el barrio de Maravillas, donde el pueblo se enteró de que en la plaza de Oriente, en la Puerta del Sol y en otros sitios, los franceses acuchi-llaban sin piedad á cuantos se les ponían por delante, y hasta á muchos otros que no se metían con ellos. Llenos de indignación todos los del barrio, se agolparon á la puerta del Parque de Artillería, que estaba cerrada; á esta misma puerta en que ahora, después de cien años, os entregamos el presente libro. Pedían que se les abriera; pedían armas para pelear, para no ser acuchillados con tanta crueldad como los de la plaza de Oriente y la Puerta del Sol, y acompañaban sus gritos con vivas á los artilleros. Éstos, los artilleros españoles, se hallaban entretanto dentro del Parque. Los principa-les eran los capitanes D. Luis Daoiz y D. Pedro Velarde, y con ellos estaban otros oficiales, compañeros suyos. También se encontraban allí diez y seis artilleros de tropa, varios empleados del Cuerpo, la tercera compañía del segundo batallón del regimiento de Volun-tarios del Estado, con cuatro oficiales, y una guardia francesa. El capitán Daoiz, que era el que mandaba, había recibido una orden escrita, encargán-dole que la tropa española no se juntara con el pueblo, y que no se molestase de ningún modo á la tropa francesa. Las órdenes que recibimos de los jefes nuestros se deben obe-decer siempre, sin vacilar: tan solo de esta manera, que no olvidaréis nunca, llegan las naciones á hacerse grandes; pero la orden aquella que mandaba á las tropas que dejaran matar á los madrileños, sin salir á su defensa, no pudo ser dictada por ningún español: tenía que ser de nuestros enemigos; así lo comprendió el capitán Daoiz, y la Patria le dijo luego que había acortado. El capitán Velarde, que acababa de llegar de la calle Ancha con un fusil en la mano, medio loco y furioso porque había oído los tiros de los franceses y los gritos del pue-blo, concluyó de convencer á Daoiz, que, lleno de coraje, sacó entonces la espada, en señal de hallarse dispuesto á la pelea, y todos los artilleros que le rodeaban hicieron lo mismo. Lo primero que mandó Daoiz fué que abrieran las puertas para que entrara el pueblo. Un momento después el patio del Parque se llenó de gente, y los paisanos y los militares juntos desarmaron á la guardia francesa, sin hacerla daño; les quitaron y se repartieron sus fusiles y sus sables entre muchos, y los demás fueron á los almacenes, que Daoiz los abrió, para coger también fusiles, pistolas, sables y bayonetas. En cuanto estuvieron armados, todos quisieron marcharse para ir á buscar á los franceses por las calles: tan grandes eran las ganas que tenían de pelear con ellos; y, gracias á que Velarde mandó cerrar en seguida la puerta, llegaron á quedarse dentro unos ochenta paisanos, que el 100 de


Memorial_artilleria_175_1
To see the actual publication please follow the link above