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REVISTA HISTORIA MILITAR 117

150 ALBERTO RAÚL ESTEBAN RIBAS tar sus aportaciones y supeditarlas a concesiones de exenciones fiscales. El 6 de diciembre se llega finalmente a un acuerdo: los Estados han acordado una ayuda de 600.000 florines, cantidad enorme pero insuficiente, por lo que se sigue negociando hasta que finalmente, el 14 de diciembre, los Estados pre-sentan su propuesta definitiva: una ayuda de 784.000 florines. El rey acepta, pero sabe que aquello no solventa de pleno el problema: el montante de la deuda con los mercenarios alemanes es de 1.845.000 florines, pero puesto que desde España se informa que no se puede enviar más dinero, el soberano tiene que acceder al chantaje financiero de los Estados generales. Durante los siguientes meses la paz con Francia permite el licencia-miento del grueso del ejército. El Diari no recoge más acontecimientos ni tampoco las preocupaciones de Manuel Filiberto al frente del gobierno de los Países Bajos. La paz de 1559 permite a Felipe II partir hacia España, tras estar ale-jado de ella durante casi cinco años. Manuel Filiberto también deseó volver a sus estados, que había recuperado en virtud de los acuerdos de Cateu- Cambresis, por lo que solicitó ser relevado de sus funciones de gobernador general, cargo que el rey ofreció a su hermanastra Margarita de Austria y Parma, que estaría al frente del gobierno de Flandes hasta 1567. 3.1.2.- Suministros y vituallas Para cada una de las campañas del período 1552-1558 se ubicaron depósitos militares específicos a lo largo del territorio flamenco –por ejem-plo, las plazas de armas de Charlemont y Phillipeville– y en las principa-les plazas capturadas –San Quintín, Rocroi, Hesdin–, pero cierto es que el ejército acostumbraba a vivir de lo que el territorio de acuartelamiento les podía ofrecer; así las tropas destacadas en Namur, Arrás, Lille, Gravelinas, Saint Omer, etc. tuvieron que vivir de los suministros que los burgueses y campesinos de la comarca les podían facilitar o vender. La comida también era suministrada en muchas ocasiones por comer-ciantes que seguían al ejército en sus recorridos, si bien en otras ocasiones era la propia intendencia del ejército la que compraba directamente y lo repartía a las tropas, especialmente si en la zona de reunión no había merca-do o excedentes de comida; todo ello estaba ligado también con la falta de pagas y con los desmanes y saqueos: si las tropas no disponían de monedas no podían comprar a los mercaderes de la zona y entonces se veían obliga-dos a tomar alimento por la fuerza; la jefatura –ante la falta de dinero– tan solo tenía dos opciones: o bien transportar suministros desde los depósitos o Revista de Historia Militar, 117 (2015), pp. 150-166. ISSN: 0482-5748


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