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REVISTA HISTORIA MILITAR 117

NOVEDAD EN EL FRENTE. TRES NOVELAS BÉLICAS SOBRE LA… 75 que se reviste de una autoridad incontestada superior incluso a la voluntad individual de quien la ejerce, aparece como la máxima virtud, no sólo por ser la primera, sino por ser la desencadenante de las demás que acompañan a la milicia: la lealtad, el valor, el compañerismo, el honor... Una disciplina que sabe mandar porque antes ha sabido obedecer, en un camino que, como el de la lealtad, es necesariamente de doble dirección, so pena de quebrarse. Don Pedro García Suárez, oficial de complemento, legionario de raza, gran novelista, vio esto clarísimo y por encima del canto al heroísmo legionario que sin duda la novela es, quiso hacer un canto a esa DISCIPLINA por fin comprendida y asumida como propia cuando las circunstancias colocan a las Banderas en la misma boca del infierno: el Hospital Clínico de la Ciudad Universitaria de Madrid durante la guerra de minas y posiciones que en ella se entabló desde finales del 36 a marzo del 39 (pero “esto ya no será nunca más la Ciudad Universitaria, ya es la Ciudad del Tercio. Estamos en nues-tra propia casa, en nuestro hogar”). No en vano, reproducimos a continuación uno de los primeros pasa-jes de la novela, que marca el tono del libro, cuando el impetuoso alférez protagonista acude a la representación del Tercio para conocer su destino de labios del capitán Bernal, quien, ‘todos los sabían en la Legión, trabajaba de día y de noche, sin descanso, sin queja y sin presunción. Tenía el pelo blanco y la cara arrugada, pero apenas contaba cuarenta años’: Revista de Historia Militar, 117 (2015), pp. 75-90. ISSN: 0482-5748 “- Siéntese... - No hace falta. Usted tiene trabajo. Yo quiero acabar pron-to. He venido a rogarle, casi a exigirle, que me mande al frente. Pedí venir a la Legión, quise ser legionario, no para pasar los días y los días emboscado en la retaguardia, bebiendo, durmiendo a gusto, sino para ir a la guerra y morir en ella si es preciso. Había empezado a hablar lentamente. Pero a poco se exaltó y las últimas palabras las terminó a gritos. El capitán Bernal saltó de la silla. Esquivó la mesa y cayó sobre Juan Ramón. El alférez sintió que una mano de hierro le zarandeaba como a un muñeco y las frases empezaron a restallar en sus oídos: - ¡Usted es un idiota! ¡Usted es un imbécil! ¡Usted es un... chiqui-llo! Morir... Vanguardia y retaguardia... ¿Ha venido usted a insultarme, mequetrefe?... ¿Quiere usted morir? Morir... Morir... ¡Qué sabe usted lo que es eso! Puedo enseñarle a usted a conocerlo. Puedo decir a usted,


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