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REVISTA HISTORIA MILITAR 117

NOVEDAD EN EL FRENTE. TRES NOVELAS BÉLICAS SOBRE LA… 81 con estampas de jinetes propias de un Cusachs i Cusachs (y si la última gran carga de Caballería de la Historia es la del Alfambra -dejémonos de mitos foráneos- aquí se describe también por última vez para la Literatura el ata-que de unos jinetes con tintes stendhalianos en ese capítulo definitivo llama-do “Carga de los escuadrones”: “¡Soldados! Ha llegado para nosotros la hora por todos deseada de cargar a caballo... ¡Quedan levantados todos los arrestos!... La Caballería no retrocede. ¡Dios nos valga y buena carga!!!”). Es, englobando a los dos anteriores, un canto arrebatado a una milicia entendida más como un sentimiento, una forma de vida, que como una ins-titución (frases y frases del libro, en un tono nostálgico, parecen rememorar actitudes de una milicia que se pierde: “Los jóvenes capitanes que, desde los tiempos de Italia, mueren alegres en campaña a los veinticinco años, porque ese es su oficio”; “Ya no volveré a mandar soldados, exclamó con tristeza... Amaba a su compañía por encima de todo”; “Contemplábamos a los que venían a socorrernos con aire distante y suficiente, pavoneando los destrozados uniformes, nuestra militar miseria, como ejecutoria de nuestro esfuerzo”; “Paró el capitán su caballo para atajar el descontento que em-pezaba a percibir y, encarándose con todos, dijo: Mientras yo no me queje, aquí no se queja nadie, ¿hay alguien que no esté conforme?”; “Nuestro oficio es pasarlo mal... Sólo la victoria nos justifica. Vencidos siempre tene-mos la culpa, dijo el capitán... Son malas las penalidades de la guerra, pero peor que todo, peor que la muerte misma, es la conmiseración. Cuando al Ejército se le compadece, el Ejército está perdido... Yo he sido derrotado una vez: la muerte es mejor”; “Repitió la fórmula consagrada por un uso in-memorial: ¿Manda usted, mi comandante, alguna cosa más?”...) Pero si La soledad canta a esta milicia profesional, no se olvida de la oficialidad pro-visional ni de la de complemento, ‘los poetas del Ejército, que sólo acuden a él cuando hay todo que perder y nada que ganar’, esa que dio alféreces y tenientes que “mandaban secciones durante unas horas escasas”, tan alta era su mortandad. Alcuneza es, de paso y en sí mismo, un canto a la buena Literatura, ho-menaje que se hace explícito en algún momento pero que sobre todo se hace patente en el estilo tan cuidado del autor, lleno de referencias a los clásicos en sus precisas y preciosas descripciones, hablando de lo que siempre han ha-blado los poetas: de los atardeceres y de algún amanecer con una moza en un pajar, pero también del desamor, del remordimiento y de las soledades; de las amistades que vienen y de las que se van perdiendo, del compañerismo o de nuevo la camaradería; de las traiciones, del sufrimiento y del dolor, pero tam-bién de la fe, la esperanza y de alguna que otra alegría; de los jóvenes y no tan jóvenes con el alma roída por la nostalgia, quien sabe si también por pecados Revista de Historia Militar, 117 (2015), pp. 81-90. ISSN: 0482-5748


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