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REVISTA HISTORIA MILITAR 117

82 FERNANDO CALVO GONZÁLEZ-REGUERAL menores o a lo peor capitales; de pueblos plagados de labriegos que doblan el espinazo bajo el sol, beben buen vinico en botas y ven pasar ese carrusel de los hombres de armas, que llegan, ven, vencen o pierden, y se van, dejándolo todo revuelto... La muerte y la belleza son pintadas aquí, en definitiva, como sólo saben hacerlo los narradores de raza, con los sinsabores de la vida y nada más... con los claroscuros de la Literatura y nada menos. Pero donde el libro hace despuntar su calidad es por encima de todo en la riqueza de sus personajes, casi personas reales, creíbles, palpables, reconocibles a poco que uno haya vivido. No son títeres, no son muñecos al servicio de una historia o de una ideología, marionetas de un narrador embustero, no, son perso-nas complejas que, en la situación límite que es toda guerra (más si cabe en una guerra civil) responden como tales, como personas: con miedo o con heroísmo, con muchas dudas y pocas certezas, con bondad o crueldad dependiendo de cada circunstancia, traspirando humanidad, demasiada humanidad. A través de los ojos de Alcuneza, hermoso protagonista que desde su soledad ‘sabe por qué combate, pero también comprende por qué luchan los demás’, se ve la vida pasar al pasar de una guerra, con personajes que nos llegan al corazón, a la ca-beza o a las entrañas, como ese oficial ruso-austríaco que ha visto tantas guerras que ya sólo tiene una patria: la Caballería... o la guerra, que él califica como la higiene del mundo (copiando al poeta italiano Marinetti). Por no hablar de aquel comandante valiente que se enfrenta en duelo singular a un antiguo subordinado suyo, ahora enemigo (el Lunares, otro bravo pintado -nueva coincidencia con las anteriores dos novelas- con sumo respeto, casi con admiración: “Dígale un responso, páter... es el Lunares, no he visto a nadie más valiente... Ha sido fiel a su destino de hombre de guerra y ha muerto como vivió, como un buen solda-do”). O del alférez amnésico, valiente hasta la temeridad, condecorado con las más altas condecoraciones de ambos bandos, pues en los dos ha luchado, en las dos facciones ha dejado su mejor juventud, lo mejor de sí mismo, en un pasado que no es capaz de recordar por el mal que le aqueja pero del que no se puede desprender: ¡qué bella metáfora de una España alocada capaz de lo peor y de lo más sublime al tiempo, anverso y reverso de una misma moneda cayendo una y otra vez sobre la mesa! El autor, sí, vivió la campaña, pero más importante, supo narrarla con la maestría de los mejores. Prueba de que la técnica y el estilo de Salvador García de Pruneda son depuradísimos y muy cuidados es la inclusión en la novela de un quijotesco Cide Hamete Benengeli siguiendo la técnica del manuscrito hallado y que nos habla de unos enigmáticos Libros de Retamares que sirven para pre-sentar al protagonista pero, a la vez, literaturizarlo y darle un halo de ficción de forma que, aunque el lector intuya que los sucesos narrados se basan en pasajes reales, ya no tenga forma de diferenciar lo verosímil de lo fabulado: literatura en Revista de Historia Militar, 117 (2015), pp. 82-90. ISSN: 0482-5748


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