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REVISTA HISTORIA MILITAR 117

84 FERNANDO CALVO GONZÁLEZ-REGUERAL Pero sobre todos hay un personaje inolvidable en la novela: el viejo teniente de Farnesio del que nada sabemos, salvo que no ha hecho otra cosa en su vida que servir y no tiene ‘más que años de antigüedad, una montura que le regaló un coronel del Regimiento y un uniforme nuevo que se hizo cuando fue de permiso a casa’; por no saber no sabemos ni su nombre, pues es llamado siempre así a lo largo de toda la obra: el teniente de Farnesio, a secas, como para marcar la impersonalidad de una vieja casta de militares que estaba haciendo la última guerra con cargas de caballería de cientos, mi-les de hombres (léase el Alfambra).Teniente sabio por viejo más que por dia-blo, este oficial nunca yerra por tener el secreto de la pócima: el Reglamen-to, entendido claro es en su acepción más espiritual, esto es, el reglamento donde se condensa y atesora un conocimiento ancestral acumulado por años y años, siglos y siglos de mílite experiencia. Todo está reglamentado en el Ejército y él sabe dónde, cómo y de corrido lo que marca esta atávica regla, esa ordenanza olvidada, aquel antañón mandato que representan en su con-junto una sabiduría petrificada pero eficaz cuando la guerra -‘donde todo es imprevisto’- hace temblar a los más duros corazones y dudar a las cabezas más templadas. Regla para él cuasi-monástica a la que respeta con reve-rencia, porque en “en la escrupulosa observancia de esos actos sencillos y repetidos día a día reposa, en gran parte, el buen orden de una tropa y la eficacia militar de una unidad...” En la colección de Cuentos de la Guerra de España publicada por San Martín en 1970, Pruneda recuperaría a este ‘maravilloso y sencillo soldado’ para su relato El combate de los guardaca-ballos, llevando al extremo el argumento pues el teniente de Farnesio salva la situación durante una refriega por haber dejado, como marca el reglamen-to, a los números tres de cada escuadra retrasados cuidando a los caballos justo en el lugar por donde vendrá el ataque enemigo, deteniéndolo: “Yo no he previsto nada, mi comandante. Yo soy de Caballería y cumplo con lo que está mandado en Caballería, eso es todo”, contestará el oficial a su superior cuando éste lo felicite por su buen hacer. Así, con la modestia, contundencia y claridad de la vieja tropa española... Prueba de la belleza de la novela es su final, ejemplar literariamente hablando, hermoso, nostálgico, y no se nos ocurre mejor forma de acabar este ensayo que reproduciéndolo textualmente, pues en cierta medida resu-me la idea que queríamos expresar en él y es la mejor demostración de que esta literatura bélica hoy olvidada debiera ser recuperada para las letras aun-que sólo fuera por la calidad de párrafos como el que a continuación trans-cribiremos. Tras la contraofensiva del Ebro, la división de Caballería pasa por Tarragona y don Juan Alcuneza y Miralcampo, teniente de complemento y licenciado en Filosofía y Letras (‘y pensar que después de haber estado Revista de Historia Militar, 117 (2015), pp. 84-90. ISSN: 0482-5748


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