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REVISTA HISTORIA MILITAR 117

86 FERNANDO CALVO GONZÁLEZ-REGUERAL EPÍLOGO: LA ‘charoska’, UNA TRADICIÓN DE LA CABALLERÍA EN LA SOLEDAD DE ALCUNEZA Uno de los pasajes más llamativos de la novela de García de Pruneda es ese en el que se describe una curiosa tradición de la Caballería española importada de la Rusia zarista por obra y gracia de un intercambio de regalos realizado a principios del siglo XX entre Alfonso XIII -coronel honorario del Regimiento de Oliviopol, 7º de Ulanos- y Nicolás II -coronel honorífico del decano Regimiento de Caballería Farnesio, aquél que se creara en Flan-des un 7 de marzo de 1649 como Tercio de Hessen-Homburg-. Como nos enseñan diversas entradas en la red y el artículo publicado en su día en el número doble 25/26 de la Revista de Historia Militar (La charoska de Farnesio, una huella zarista en la Caballería española, por Oscar Bruña, julio-agosto 2002), la tsarscaia charoska o ‘tacita del zar’ es una sopera o portabotellas de plata ricamente adornada, que se llenaba en la vieja tradición de una mezcla de champán y vodka para recibir a los nuevos oficiales del Regimiento, que debían obviamente apurar de un solo trago el caldo (en la moderna, al parecer recuperada por el comandante Queipo de Llano en 1976, el recipiente se llena con tantos líquidos -y sólidos- como lo que la imaginación dé de sí, celebrándose el rito de forma algo diferente a como se hacía antiguamente y no sólo para la recepción de los nuevos oficiales, sino también en fechas señaladas: Santiago Apóstol, aniversarios de los regimientos...) Pero dejemos a Pruneda que nos deleite con la versión clásica, la que se celebraba en la guerra incivil allá donde estuvieran los farnesianos (obviamente sin la preciada vasija, como se verá en el texto, por la imposi-bilidad de trasladarla a las trincheras, entre otras cosas porque pesa sus más de cuatro kilos): “Terminado el almuerzo dimos una charoska al comandante. Era la charoska una especie de rito militar del antiguo Ejército ruso, con el que se honraba al jefe y se recibía en el seno del regimiento al nuevo oficial. Nos la habían enseñado los de unos escuadrones de rusos blancos, con los que habíamos combatido en la Sierra de Albarracín, y adaptado al modo hispánico. Colocábanse los oficiales en hilera por orden de an-tigüedad, apoyando cada uno los brazos en los hombros del que tenía delante. El más antiguo, que encabezaba la hilera, sostenía en un plato vuelto del revés un vaso lleno de vino, de aguardiente o de lo que fuera, con tal que fuese fuerte, y avanzando la columna, cantando a coro una canción que empezaba diciendo: “Aquí te ofrecemos vino y alegría”, lle- Revista de Historia Militar, 117 (2015), pp. 86-90. ISSN: 0482-5748


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