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REVISTA HISTORIA MILITAR 116

124 MARIANO CUESTA DOMINGO El viaje tuvo más de epopeya que de exploración; en él se originó una mez-cla de vivencias sobre e infra humanas hasta tal extremo que han sido varios los escritores y psiquiatras que se han sentido atraídos por aquella andanza y desventura. Fue la expedición sancionada por el virrey de Perú (Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete), comandada por Pedro de Ursúa que concluyó, que liquidó, Lope de Aguirre. Una hueste integrada por hombres experimentados que se vieron abocados a vivir y convivir en el medio amazónico, particularmente excitante, que exacerba todo tipo de pasiones entre las que las más bajas se hacen también más patentes y todas confluyeron en aquella compleja tramoya que las autoridades de la época pretendieron borrar de la historia. A pesar de ello Lope de Aguirre salió triunfante en su último propósito declarado, su inmortalidad, el de ser tenido y considerado, como él decía, «más por animoso que por cristiano ... que a lo menos la fama de las cosas y crueldades que hubiese hecho quedarían en la memoria de los hombres para siempre». Lo cierto es que parecía una banda de dementes en pos de la nada que lograron la muerte capitaneados por quien, como el mismo sugirió, fue tildado de «loco, traidor, ira de Dios, príncipe de la libertad o peregrino». Las dificultades económicas y de personal fueron un problema habitual que, como solía ocurrir, fue solventándose; el rol presenta la participación de 300 españoles, 25 negros, 600 indios acompañados por otros porteadores más. El resultado es bien conocido: penalidades sin cuento, sufrimiento, miedo y hasta terror a lo largo de toda la travesía por el río Amazonas; un río escenario más que vía, un territorio que fue escasamente observado y mínimamente definido, un texto insignificante en tanto a sus aportaciones relativas a contactos con nuevos grupos humanos y hasta despreciable en cuanto a descripción geográfica aunque con algunas notas etnográficas de interés. La expedición descendió hasta el río Huallaga (26 de septiembre de 1560); pasaron ante los ríos Ucayali, Napo y, al concluir el mes de noviembre, cansados y decepcionados por la ausencia de la riqueza imaginada, vararon en el río Purús; fue necesario un mes para reponer fuerzas. Aguirre movió los hilos para no regresar al Perú, asesinar al capitán y avanzar (murió Ursúa). Las tropelías cometidas fueron descritas por un tes-tigo (Álvaro Acuña) que declaró en la Audiencia de Santo Domingo: «mató e hizo matar el dicho Lope de Aguirre a ... treinta y seis personas y en la (isla) Margarita los seis que dicho tiene» y en tierras venezolanas prosiguió la luctuosa nómina en la que hay que incluir a su propia hija. El mismo Agui-rre escribió una extraordinaria carta a Felipe II en cuyo texto los dislates se entremezclan con datos autobiográficos y verdades; todo parecía sucederse Revista de Historia Militar, 116 (2014), pp. 103-154. ISSN: 0482-5748


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