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REVISTA HISTORIA MILITAR 116

236 MANUEL FERNÁNDEZ NIETO parte ya las tengo referidas; más llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que al estudiante, en tanto mayor grado, que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobreza puede llegar ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado que, hallándose cerca-do en alguna fuerza y estando de posta o guarda en algún revellín o caballero (torreta de estacas y barro cercana a la muralla) siente que los enemigos están minando hacia la parte donde él está, y no puede apartarse de allí por ningún caso, ni huir el peligro que tan cerca le amenaza? Solo lo que puede hacer es dar noticia a su capitán de lo que pasa, para que lo remedie con alguna contramina, y él estarse quedo, temiendo y esperando cuándo improvisamente ha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad. Y si este parece pequeño peligro, veamos si le iguala o hace ventaja el de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales enclavijadas y tra-badas no le queda al soldado más espacio del que concede dos pies de tabla del espolón; y con todo esto, viendo que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de artillería se asestan en la parte contraria, que no distan de su cuerpo una lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los profundos senos de Neptuno, y con todo esto, con intrépido corazón, llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta arcabucería y pro-cura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo que más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta el fin del mundo, cuando otro ocupa su mismo lugar; y si éste también cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo al tiempo de sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de guerra». El vívido relato de los hechos de armas, aunque escrito muchos años después, nos sitúa en el tiempo en que Cervantes desarrollaba su ocupación militar y, con su concepto del hombre de armas, debía de estar muy molesto en el verano de 1575 ante la pasividad de los tercios sin actividad alguna. Por ello no extraña que resuelva solicitar licencia para regresar a su patria de la que lleva ausente más de cinco años. Confía en que el heroísmo y entrega, demostrados en las distintas campañas donde ha intervenido, le valdrán su ascenso a capitán. Además pudo decidirle a dejar Italia el saber las dificul-tades económicas en que de nuevo se halla la familia. Por la documentación conservada conocemos que su padre continúa enredado en préstamos y debe pedir fiada la ropa que viste. Su hermana Andrea vive con su hija Constanza, Revista de Historia Militar, 115 (2014), pp. 207-242. ISSN: 0482-5748


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