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REVISTA HISTORIA MILITAR 116

EL CUERPO DE CIRUGÍA MILITAR DEL EJÉRCITO A COMIENZOS... 31 te el reinado de Fernando VI para economizar caudales a la Real Hacienda.51 Pero en 1756 se publicó una nueva Ordenanza de Hospitales que, entre otras medidas, ordenaba la reapertura de hospitales militares, dado el trastorno y gasto que había ocasionado su clausura.52 Estos hospitales militares se regían por el Reglamento de 1739, que constaba de tres libros, el primero referente al servicio en los hospitales de plaza, el segundo para el servicio en campaña y el tercero para la dirección y pautas que se debían observar en todos estos establecimientos. Pero estas ordenanzas relegaban a médicos y cirujanos a una mera función asistencial, siendo los intendentes los encargados de la formación, organización, régi-men interior y dirección de los hospitales, dando lugar a infinidad de críticas por parte del personal sanitario, debido a la cantidad de irregularidades que se producían y a enfrentamientos entre cirujanos hospitalarios y de las uni-dades. Según el mencionado reglamento, el contralor o comisario de Guerra era el encargado de la inspección del hospital, debiendo llevar los libros de entradas, fallecimientos y estancias causadas por los ingresados, lo mismo que el control de la limpieza de las salas de enfermos. Y, además, cuando algún paciente precisara unciones y no existiera «quadra para tal fin», deter-minaría la sala, materiales y personal que debían utilizarse. En campaña los intendentes generales de los ejércitos eran los encargados de «cuidar de la puntual asistencia que conviene para la subsistencia y curación y formar los almacenes y hospitales». Por su parte, los médicos debían pasar consulta a los ingresados por la mañana y por la tarde, debiendo tratar a los pacientes «con agrado y ca-ridad ». Durante la visita se llevaría un recetario para solicitar tanto la me-dicación al boticario como las dietas oportunas a la cocina, para lo cual el contralor le habría proporcionado al médico un reglamento de alimentos con las raciones y dietas oportunas. En caso de ocurrir alguna urgencia fuera de hora, los médicos debían acudir para visitar al paciente. Si algún enfermo presentaba patología quirúrgica, el médico llamaría al cirujano y al contra-rio, si un herido estaba también enfermo, el cirujano avisaría al médico. Era responsabilidad de los médicos que «los lebrillos, jarros y demás utensilios necesarios al servicio de su curación, son suficientes para las sangrías, vo-mitivos y purgas», o que las medicinas recetadas fueran las que se les su- 51  El primero en ser cerrado fue el de Pollensa y, posteriormente, los de Pamplona, Fuenterrabía, San Sebastián, Puebla de Sanabria, Ciudad Rodrigo, Valencia, Peñíscola, Tarragona, Tortosa, Lérida, Cardona, Puigcerdá, Seo de Urgel, Rosas y Vic. Y, finalmente, por Orden de 9 y 12 de agosto de 1742 se clausuraron los de Zaragoza, Badajoz, Alcántara y Albuquerque. Massons, J. M.ª: Historia de la Sanidad Militar Española, Barcelona: Ed. Pomares Corredor, 1994, págs. 219-220. 52  La Ordenanza de 8-IV-1756 dio lugar a la apertura de nuevos hospitales militares. Revista de Historia Militar, 116 (2014), pp. 11-72. ISSN: 0482-5748


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