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REVISTA HISTORIA MILITAR 116

36 LUIS ALFONSO ARCARAZO GARCÍA tener estudios de filosofía, medicina y «tener abundante práctica». Además, tendría autoridad para movilizar a todos los médicos y cirujanos civiles que fuera preciso para la asistencia del ejército en campaña.58 Cuando ya se había establecido el hospital, el cirujano mayor formaría las brigadas de cirugía, nombrando a un primer ayudante de cirugía, un segundo ayudante y cuatro o seis practicantes de cirugía, además de los sirvientes correspon-dientes, unos doce por cada practicante, de forma que cuando llegaran los heridos, se repartieran por las diferentes brigadas para que ninguna tuviera más de seis enfermos que las demás. En caso de tener que desdoblar el hospital, el cirujano mayor designaría a uno de los primeros ayudantes para dirigirlo, lo mismo que a los segundos ayudantes, practicantes y la tropa precisa. Hay que comentar, que en caso de tener que formar un hospital de sangre, por haber entrado en combate, se destinaría al personal que tuviera más habilidad y práctica, en número suficiente para poder turnarse en el tra-bajo «puesto que practicándose con acierto las primeras curaciones se evitan los malos sucesos que de lo contrario suelen experimentarse».59 Cuando el ejército se distanciaba excesivamente de sus hospitales, se debía crear un hospital ambulante, encargado de poner a los pacientes en condiciones de ser evacuados a los hospitales de retaguardia. Los men-cionados hospitales ambulantes se establecerían en edificios de poblaciones inmediatas, iglesias o en granjas y si no, en barracones de madera o en tien-das de campaña, donde se colocarían los jergones, elevándolos del suelo con leña menuda seca, paja o encerados, pero nunca sobre el suelo. Su número se calculaba a ojo, considerando que precisaría asistencia médica algo más de la tercera parte de los soldados. La alimentación sería a base de gelatinas, pastillas de carne o de arroz, para no tener que preparar comidas. Estos hos-pitales también dispondrían de carros para evacuar a pacientes, con objeto de que permanecieran en los hospitales ambulantes lo mínimo posible. Por otra parte, como la plantilla de los hospitales en guerra siempre era insufi-ciente, se podía completar bien destinando a cirujanos de otras unidades, activando a los retirados o bien movilizando a cirujanos civiles. Cuando se trataba de un asedio, en vez de una batalla campal, los hos-pitales de primera sangre se establecerían a la cola de las trincheras, fuera del alcance de la artillería y de los morteros de la plaza sitiada, destacando 58  Reglamento y Ordenanza que deben observar…: op. cit. 59  La realidad era que los hospitales de sangre enseguida quedaban desbordados por la cantidad de heridos que acudían a sus puertas, siendo habitual ver largas colas de heridos esperando su turno para ser asistidos, algunos morían antes de ser atendidos y a la mayoría les esperaba una amputación sin anestesia y sin la menor asepsia, por lo que las septicemias y el tétanos acababan con la vida de infinidad de aquellos pobres soldados. Revista de Historia Militar, 116 (2014), pp. 11-72. ISSN: 0482-5748


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