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REVISTA HISTORIA MILITAR 116

LA CONQUISTA DE IBERIA Y EL DERECHO FECIAL. GUERRA Y... 83 Como hemos visto, la declaración de guerra tenía que tener el consentimiento religioso, a través del collegium fetialium y el consentimiento civil, a través del Senado. El Senado representaba al pueblo de Roma, y por lo tanto, una vez ofrecido el consentimiento de los feciales, este tenía la última palabra para declarar la guerra a las ciudades enemigas como expone Tito Livio en su libro XXXVIII, 46, 12-13: «¿Queréis, pues, que todas estas normas sean violadas y pisotea-das, que sea abolido el derecho de los feciales, que no existan los fe-ciales? Pongamos que no se tiene en cuenta la religión —dicho sea sin ofender a los dioses—, que se adueña de nuestros corazones el olvido de los dioses; ¿queréis, también, que no se consulte al Senado acerca de la guerra? ¿Que no se pregunte al pueblo si quiere y manda que se haga la guerra …?». Además del consentimiento religioso, los sacerdotes feciales eran los encargados de observar el buen cumplimiento del derecho y de las leyes romanas sobre la guerra. Si se incumplía el reglamento legal, si el soldado romano mostraba impiedad en la batalla, o si no se observaban los ritos sagrados relativos a la guerra, el Estado se encontraría en peligro, pudiendo ser castigado severamente por los dioses mediante el anuncio de prodigios, interrumpiendo la llamada pax deorum o concordia entre los dioses y los hombres.12 Era fundamental mantener la pax deorum para que el orden de las cosas no se alterara, es decir, que los hombres no incurrieran en ofensa contra los dioses para que estos no lanzaran signos negativos o catástrofes contra los hombres. Polibio, en su libro III, 112, 8-9, nos ofrece una pauta general del comportamiento romano en épocas de crisis, coincidiendo muchas ocasiones con tiempos de guerra. En estos períodos de crisis, se registraban signos y prodigios de los dioses, se realizaban ofrendas y parabienes a los dioses buscando la alianza entre Roma y sus dioses. «Todos los oráculos que tenían corrieron entonces de boca en boca, todo templo y toda casa rebosaba de signos y de prodigios; de ahí que plegarias y sacrificios, súplicas e imploraciones a los dioses agitaran la ciudad. En las circunstancias difíciles los romanos tienden a propiciarse dioses y hombres, y no juzgan nada indecoroso o innoble si se hace en tales tiempos». Pero las instituciones, las magistraturas y la sociedad romana no se encontraban alejadas del ámbito castrense. De hecho, la vida política romana Revista de Historia Militar, 116 (2014), pp. 73-102. ISSN: 0482-5748 12  Lactancio, VI, 9, 4-6.


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