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MEMORIAL CABALLERIA 72

COLABORACIONES 45 obstáculos y de la eficacia en el tiro, lanzamiento, natación, orientación y otros aspectos, está el factor humano. Si hay algo que me ha impactado como observador al seguir relativamente de cerca el recorrido de mi patrulla, ha sido la tremenda dificultad psicológica que entraña la prueba. Por muy bien entrenada que esté una patrulla (patrulla de soldados que siguen haciendo su vida militar de forma más o menos parecida al período normal de instrucción), es muy complicado que no aparezcan problemas físicos serios en los 120 km. Si no es una ampolla, será un músculo, ora un tendón, ora la espalda o… la cabeza. Nuevamente, las pruebas que ponen al límite la resistencia de nuestro cuerpo nos enseñan grandes cosas de enorme importancia en la vida militar. Un resultado satisfactorio para la mayor parte de las patrullas es la finalización del equipo al completo, sin abandonos. Para ello, se requiere una generosidad a prueba de bomba. De nada sirve un campeón, un portento físico, un decatleta que raye la perfección; se trata del equipo. El equipo que sufre desde los primeros kilómetros y que va a tener que mirar al rezagado, que le va a tener que animar, que le va a tener incluso que ayudar a transportar su mochila. En una prueba tan larga, todos pasan por momentos malos. El que ayuda tendrá que ser ayudado posteriormente; el que ríe y canta animoso, estará serio y cabizbajo a los pocos kilómetros; el que lidera el paso marcando ritmo, apretará luego los dientes por no quedarse rezagado… todos pasamos por momentos de debilidad. El ejercicio del mando es una escuela de humildad y de unión. Parece evidente que sobre el jefe de patrulla recae muy buena parte de la responsabilidad de la preparación, de la mentalización, de la organización táctica para las distintas pruebas intermedias, para liderar al grupo en definitiva pero… el jefe también cae. El jefe tiene las mismas ampollas y las mismas crisis que el resto. El jefe también necesita la ayuda de sus compañeros, que no son sólo sus subordinados sino que son sus compañeros de fatigas, con los cuales lleva bastantes semanas sudando y sufriendo. El jefe necesita un amigo de armas que le anime, que le sonría, que le espere, y el jefe necesita de mucha humildad para aceptar que en este equipo, más que nunca, él es «poco más que uno más». Cuando he visto a mi patrulla en alguno de los altos en los que hemos coincidido, de día, de noche, comiendo con caras de sueño y cansancio infinito, he sentido más ganas de abrazarles que de hablarles. Más allá de la evidencia de los consejos y los ánimos sobre los resultados parciales de la competición, o sobre el apoyo moral de todo el Grupo desde Valladolid, o sobre la distancia a Santiago que va disminuyendo, está la realidad de unos hombres luchando hasta el límite a los que hablo desde mi cómoda situación descansada. Y me dan ganas de unirme a ellos pero… ya no toca. La preparación de una prueba de estas características implica la dedicación de un tiempo que, por su propia naturaleza, siempre es escaso o al menos finito. El tiempo que se dedica al entrenamiento no puede dedicarse al mantenimiento u otros avatares de importancia. Siendo así, hay quien se plantea si esta patrulla tiene que ver con el modus operandi de nuestra Caballería, o si no deberíamos «desin- La pista de obstáculos… a cualquier hora. Paso semipermanente con fondo idílico; no lo era tanto.


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