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BOLETIN INFANTERIA MARINA 23

HISTORIA Así que al bautismo de mar se unía el de fuego, lo que marcaba decisivamente a aquellos hombres. Luego, ya en Italia, “tierra de promisión” para aquellos “bisoños”, se completaba su entrenamiento, y o bien quedaban allí, porque el frente mediterráneo fue siempre muy importante, o partían a pie, por el famoso Camino Español a Flandes o a Centroeuropa. Otros salían de puertos atlánticos, Cádiz o La Coruña, y en galeones, pero la situación era la misma, y esa primera experiencia les influía profundamente tanto en lo personal como en lo profesional. La navegación y la guerra naval eran algo que asumían sin mayor problema. Aún hay más: en nuestros buques, el sustantivo “dotación” abarcaba tanto la “tripulación”, los hombres que se encargaban de la navegación, que eran marineros mercantes o pescadores movilizados para la ocasión y que por ello gozaban del monopolio de los oficios relacionados con el mar, como la “guarnición”, que eran justamente soldados. Un buque no se consideraba “armado” y listo para el combate sin tener a bordo su “guarnición”. Y en aquellos tiempos, en que la artillería naval era de lento disparo y recarga, y de inciertos resultados salvo a muy corta distancia, el papel fundamental en el combate correspondía a la guarnición, que no solo operaba conmosquetes y el más ligero arcabuz, sino que manejaba los esmeriles, piezas intermedias entre el pesado mosquete y los cañones. A cada soldado se le asignaba su puesto en el buque, su misión y el punto o zona donde debía batir con su fuego, todo con el propósito de “ablandar” la resistencia enemiga y pasar luego al abordaje, protegiéndose del fuego enemigo con las empavesadas, o parapetos de circunstancia en las bordas del buque. Este, pese a la distorsionada imagen creada por las películas “de piratas”, era parecido al asedio de una fortaleza, y tras el fuego preparatorio y la suelta de los arpeos, se aseguraba, incluso con cadenas, de que el buque enemigo no pudiera huir y se enviaban trozos de abordaje especializados a los puntos decisivos del buque enemigo: la popa, donde estaba el timonel y los mandos, y el combés, donde se hallaba el grueso de la dotación. Es de reseñar que, en la composición de tales trozos, la mitad o más de los asaltantes iban armados con arcabuces, con la consigna de disparar a distancia “que os salpique la sangre del enemigo”, a bocajarro, para abrirse rápidamente paso y desmoralizar al contrario. El apoyo venía dado por unos cuantos soldados con espada, a veces alabardas, medias picas o chuzos (la larga pica era poco usada en la mar) y unos cuantos marineros con hachas para cortar jarcia y cabos de labor. Tan formidables eran los infantes españoles de la época, que no sólo se debe a ellos la gran victoria de Lepanto, sino que eran temidos por enemigos como ingleses, holandeses y franceses, que rehuían siempre el abordaje e incluso la lucha a corta distancia con los galeones españoles, a los que preferían hostigar con fuego de artillería a larga distancia, por inefectivo que fuera, y lanzando contra ellos “brulotes” o buques incendiarios, para abrasarlos o, al menos, romper su línea de combate. Pelear a corta distancia o al abordaje con un galeón español era literalmente suicida; y así, los holandeses llegaron a adoptar el desesperado recurso de dar fuego a 58 BOLETÍN DE LA INFANTERÍA DE MARINA


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